Cr. Luis Alberto Dalcol
La sociedad – en sus vinculaciones internas – se movilizó dentro de un acuerdo tácito, contenido. En abreviatura, bajo dos normas intangibles que todos aceptaron y que fueron: el buen trato o trato justo y la buena fe en las relaciones. Ambas, constituyeron la base del derecho natural con el que se vincularon las personas y las que le permitiera la convivencia social.
Esta estructura subsiste, más el incremento del grupo y el mayor juego de intereses originaron desavenencias por las que se necesitó de su adaptación. Al tiempo surgieron normas escritas que dieron nacimiento al derecho positivo. Así se creó un orden formal para darle claridad y prevenir conflictos.
Surgió la ley, como base ordenadora del corriente problema que originaba el aumento del grupo gregario. Se impusieron condiciones para que esa norma esté vigente, requisitos en su confección para luego exigir su cumplimiento. De esta manera se entendió que se podía organizar la sociedad. Previo a la ley, existió un dominante, que estaba asentado en diferentes cuestiones. Linajes, riquezas, fuerza, y otros atributos.
LA LEY Y LA FUERZA
En la actualidad, ese orden basado en reglas – en lo fáctico – pierde valor, se destiñe, tiende a desaparecer. La ley es sustituida por la fuerza. El que tiene la fuerza hace su voluntad y el débil no tiene alternativa, se somete a la misma. El poder se desplaza desde la integridad de la ley a la fuerza de quien la tiene; y la fuerza es violencia.
La sociedad está cambiando las formas de relacionarse y de convivencia por el modo en que sus actuales líderes ejercen el poder. Se aplica la fuerza sobre la ley, y se trasgrede la ley convenida.
La ley procura dar certeza al orden. El poder de la fuerza no es permanente, es cambiante. Muda de lugar y se impone. Esa fuerza se busca, no está siempre en el mismo sitio, y origina una lucha para calificar de más fuerte e imperioso.
Otro elemento no menor que se observa en la acción, es que la fuerza tiene una nítida orientación económica. Que se ejerce en tanto se obtiene riqueza. Así el poder bélico busca el poder económico con intentos de dominio.
LA FUERZA Y LA TECNOLOGÍA
De igual modo irrumpe otro poder, una incontrolada tecnología que aún no define objetivos pero que direcciona y condiciona la acción. No es aventurado exponer que el poder de la fuerza se subordine al poder tecnológico porque la misma fuerza depende de la técnica, en inteligencia de apoyo y en armamentos. Alienta, por el momento, que la interacción en red que entrelaza la tecnología haga improbable la decisión independiente, autónoma o monárquica.
El mundo transita una tensión impensada, creída en superación. Con un lenguaje crudo, abierto, explícito que se expande por los medios de forma corriente. Amenazante, fuera de lo diplomático, que resulta poco virtuoso para formar consensos.
En la esperanza de que lo descripto sea una apreciación errónea; o, que parcialmente cierta revista característica de temporal los débiles no deben claudicar ni someterse a estos nuevos poderes. El discurso en Davos del premier canadiense es un ejemplo. Deben unirse, y aunque suene utópico bregar por los valores del entendimiento que se asienten en la paz y no en la coacción del poder de la fuerza o del poder de la técnica; que sin dudas es un regreso del que se creía superado.
