Cr. Luis Alberto Dalcol,
El laberinto procura confundir y el péndulo marcar el tiempo. El título pudo ser: período de desorden. Las matemáticas y la lógica – en una similar vinculación – interactúan. En una era de magia virtual, digitalizada; con sus algoritmos y razonamientos, parecen adulterar y reparar en permanencia.
Encriptados sujetos, objetos, procesos y demás por códigos; barajan la nominación a su antojo y esconden lo privado y lo público. Eliminan huellas, para el bien y para el mal. Crean un refugio de lo que no se quiere mostrar.
Así el origen y el destino de los objetos son anónimos de los sujetos. La metáfora de la nube es atinada y perfecta. Una manera muy simple de definir las cosas. Insuperable. Allí están los datos, la información.
Las citadas ciencias – que también embrollan – resuelven y esclarecen. Siempre aportan para el camino real que soluciona el problema que ellas mismas fundan. Es el radar y el anti radar. Se ayudan fuertemente de la nueva física – de la mecánica cuántica – de la cual resultan, de igual forma, sus partícipes necesarios en su creación y desarrollo; que fascina y asombra.
EN SU APLICACIÓN
Si la agencia de recaudación no tuviere injerencia o indiscreción política todo sería visible y transparente en tiempo real. Detectable. El uso del anónimo en cualquier acción es vulnerable, incluso en las más impuras y premeditadas. Dependen de la voluntad del poder para manejar la antena que ejerce o evita el control. Todo deja rastros. Existe técnica y personas con suficiente capacidad. La ceguera del entuerto es mayúscula, y no es de uno solo. No son dos. Son muchos. La corrupción se hace en “familia”, que saben y se benefician.
Lo habilita o sostiene la generalización en la degradación de los valores. La avaricia. La ausencia de vergüenza, la necedad.
EN SU ATENUACIÓN
Solo la educación posibilita mejorar la convivencia. Cuando el hombre percibe que vive mejor sin la ventaja, sin el aprovechamiento. Eso depende de otros hombres, de los grandes, de los mayores no ignorantes. En lo privado y en lo público institucional de la escuela.
De la preocupación por transmitir al niño el camino simple de “no hacer lo que no quieres que te hagan”; o mejor dicho en positivo, de “tratar al otro de la forma que quieres que te traten”. Con respeto y con estima. Sin ofender y sin subestimar.
“Más lento no se puede” decía el ilusionista René Lavand, ahora – y para el caso – “más sencillo no aplica”, dirán los jóvenes.
El laberinto complica a muchos, el péndulo recuerda que el tiempo pasa. Ambos convocan al cambio de la búsqueda adecuada y pronta. La importancia del asunto lo amerita y nos requiere a todos.
