Cr. Luis Alberto Dalcol,
El filósofo italiano Norberto Bobbio (1909-2004) ha dicho que la moral y la política son dos esferas separadas. Que la moral se ocupa de los principios y valores individuales y la política sobre decisiones colectivas. Agrega que la democracia es el gobierno del poder visible, con actos públicos y con control de la opinión pública.
Esta jugosa distinción de espacios entre la moral y la política, y esta disociación de poder en la democracia permite algunas reflexiones.
A la política la ejercen individuos que deberían alinearse sobre principios y valores en sus conductas; y de su acción conjunta, si respetaran sus virtudes, no podrían salir decisiones amorales o inmorales.
Es notorio sí, que en el gobierno democrático siempre hay un poder expuesto que nace de la institucionalidad; y que, arriesgado, rinde cuentas permanentemente. Inevitablemente siempre existe también un poder subyacente – que no está desconectado con el poder manifiesto – y que alimenta e influye en las medidas del gobierno mostrado.
Hemos visto a Macri con su asesor ecuatoriano y a Milei con “el Mago del Kremlin” y “el Jefe”. Hay muchos más, que no se exponen ni asumen la responsabilidad en lo que intervienen.
El manejo de gobierno no es sencillo. Aparenta enredarse en el concepto de política que tienen los políticos y que surge de su praxis. El arte de lo posible se transforma en que nada es imposible, en la técnica de: “a cualquier precio”. No interesan las formas, no inquietan los medios. Continuamente se transgrede la máxima ética en cuanto a que los fines no justifican los medios. Así, después, nadie (o la mayoría) tiene entidad para exigir lo debido y la institucionalidad se debilita.
No se convence o persuade, se compra. Todo tiene la alternativa del precio o del trueque que muchas veces se enlazan para cubrir las fallas cometidas y quedar impune. Se asume de normal, de estándar.
No caben dudas que la responsabilidad mayor del acierto o desacierto de la realidad actual nace del ámbito político. Porque la política está en el Ejecutivo, en el Legislativo, en el Judicial. Se recuerda la expresión de un legislador que dijo algo así como: “estamos para hacer leyes no sacrificios”. Hacen una distinción entre el hombre político y el hombre común (casi de clase) que no parece atinado. Son solo servidores públicos, que sin privilegio deberían cumplir su juramento y ser controlados. No les debe generar mayores derechos, sino mayores deberes. En contrario dejan de ser Honorables.
Cambiar el modo de hacer política es cambiar de cultura; y la cultura, que es conducta aprendida, herencia social, debe despojarse de vicios y componendas recibidas.
El cambio es difícil cuando el cultivo está enquistado. Lo importante es saber si el camino andado es el correcto y si nos lleva a buen puerto. Definido ello seguir como se marcha; o detectado el error – a ultranza – exhortar a modificar las formas.
El poder democrático que se ejerce en modos autocráticos, anima a lesionar la institucionalidad y a toda la República.