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25 de Mayo 1008

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Cr. Luis Alberto Dalcol,

Poder y cultura son dos palabras que acoplan, se unen y enlazan. El poder es la capacidad de hacer algo, que no la tiene otro;  la cultura puede ser un camino para su acceso. Porque la cultura es conocimiento y  es modo de vida social.

El objetivo de la política es llegar al poder. Se lo puede hacer en forma directa y llana. Con difusión franca y recta de las ideas del aspirante, previo al proceso electivo que admitirá el camino a la  victoria.

Existen otras formas. No inmediatas ni verticales. Entre ellas está la conquista social,  anticipada a la presa del poder propiamente dicho, para  conducir el Estado.

Una manera  muy empleada tuvo  origen  en la Italia  en tiempos de Mussolini. Enseñada y extendida por un teórico marxista opositor llamado Antonio Gramsci (1891-1937). Popular y  “entrador”, que conoció la cárcel por aquel. Se basó en el sentido común, en la fuerza, en el consenso; en la  influencia cultural que logra  aceptación social.

Un intelectual que alteró el orden entre el origen y el destino hacia el poder.  Primero conquistar  la sociedad en forma subyacente y silenciosa; para luego arribar al real cometido del poder, al Estado. Abordar la sociedad   por la cultura. Imponer una ilustración imperceptible, que no  vincule  pasados de fracaso. Solo  con  futuro desconocido que  despierte  confianza,  la esperanza firme que ese futuro se sostenga. Que sea creíble y verosímil.

Antes la sociedad, y dentro de ella, una clase. Con herramientas  diversas. No puede estar ausente lo educativo, las universidades que germinan al joven ilusionado receptor de palabras digeribles. Los medios de prensa, con el mensaje esclarecedor direccionado. Las ONG que aparentan neutras y confiables. Los deportistas, los artistas;  los notables y exitosos. Todos, grupos de poder externos al poder central, sin dejar de ser ellos  poder en sí mismo.

De similar forma es necesario vocabulario nuevo, distinto al existente. Único, diferente para que separe tiempos. Maneras, hábitos, color, ropa, comida; lo que sea. Más el agregado de concentraciones que divulguen. Así la cultura cultiva y emerge  – inocentemente – e ingresa y forma en la sociedad un pensamiento contrario para su consumo.  El pro y el anti sirven igual. Adicionados derechos básicos al servicio político.

BATALLA CULTURAL

Así nace la nueva  política, alejada de la frustración, del engaño que se vuelve popular. Ya le llegará, inevitablemente, su hora de derrape populista. En un ámbito de anomia  y de redes toma mayor importancia la imaginación.

Se presentan  otros valores, otras instituciones. Invisibles para que no sea identificada, atacada. Imprecisa, de términos generalizados e indiscutibles.

A esta puerta de entrada al poder unos la  llaman batalla cultural, y es usada por todos.

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